Emprendimientos

Verdes por dentro y por fuera.

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La agricultura es más que sembrar una semilla, regarla y cosechar sus frutos. Una vez que se planta cualquier alimento llegan una serie de amenazas, como la actividad bacteriana, la presencia de plagas de insectos o cambios climatológicos. Algunas, incluso, son tan urgentes que pueden amenazar cultivos enteros y causar pérdidas financieras millonarias, como lo fue la helada de 2011, la actual plaga del pulgón amarillo (que devastó gran parte de la superficie de sorgo en 2015), o los días cuando el clima se volvió un poco loco a mediados de marzo pasado y que afectaron sembradíos en el centro del país.

En la industria agrícola hay un océano rojo, compuesto por diversas compañías químicas multinacionales que proveen soluciones generales para el campo. Pero también existe un océano azul lleno de oportunidades, y Gruindag Internacional (www.gruindag.com) navega en él desde hace 12 años. A diferencia de la producción masiva de fumigantes, fertilizantes, pesticidas y otros productos químicos que hacen los demás jugadores, esta empresa se enfoca en diseñar fórmulas sustentables y a la medida de las necesidades de cada cliente.

Sus fundadores, Pedro Zarur y Armando Tortoledo, tuvieron claro desde que comenzaron a diseñar su plan de negocios que la diferenciación sería su valor agregado. “No íbamos a entrar a una industria haciendo el mismo producto que los demás”, enfatiza Pedro. Y es que cada planta requiere una alimentación especializada según sus características, la salinidad del suelo donde se cultiva, las variantes de temperatura de la región, etc. “Es como comprar un traje: puedes ir a la tienda y adquirir el que todos visten o ir con un sastre a que te haga uno a la medida exacta de tu cuerpo”, explica.

¿Cómo identifican estas necesidades? Su plantilla de ingenieros y técnicos acompaña a los clientes durante toda la cadena para identificar sus problemas, es decir, que los visitan desde antes de que siembren, haciendo un diagnóstico y desinfectando el suelo; en la cosecha, tratando la planta con alimento y fertilizante para que dé fruto; y en la post cosecha, para acondicionar de nuevo el terreno.

“El éxito más significativo de la empresa ha sido buscar los problemas más grandes para convertirlos en oportunidades, creando las soluciones más idóneas”, afirma Armando. Bajo esta directriz, han desarrollado casi 3,000 productos bajo cuatro líneas de negocio:

Agricultura. Representa el 70% de sus ventas, e incluye fumigantes, fungicidas y mejoradores de suelos, fertilizantes, enraizadores, engordadores y maduradores de frutos, activadores de desempeño, así como un conjunto de productos químicos y biológicos para el control de plagas y enfermedades en los cultivos.

Industrial. Antiespumantes, dispersantes, desincrustantes, fungicidas, bactericidas, inhibidores de corrosión y sanitizantes aplicables en industrias de petróleo, papel, pintura, cemento, textiles, cuero y tratamiento de aguas industriales y recreativas (albercas). El 70% de las piscinas de México y Centroamérica reciben tratamiento de sus productos. Otro dato: la planta nuclear de México en Laguna Verde trata su agua congénita para enfriar el reactor con productos Gruindag. También brindan servicios a Pemex, CFE y trasnacionales.

Canal moderno. Abastecen cadenas de autoservicio con productos como: jabones líquidos, gel antibacterial y fertilizantes para jardinería.

Inocuidad alimentaria. Desinfectantes y jabones líquidos para empaques agrícolas, industrias alimenticias, hospitalarias y restaurantes.

Además, están incursionando con su línea acuícola para encontrar soluciones a los grandes problemas del sector.

En 2015, Gruindag creció en un 90% sus ventas, y este año proyecta hacerlo arriba del 50%, sin contar los ingresos generados por sus exportaciones a Chile, Colombia, República Dominicana, Perú, y próximamente Estados Unidos, Argentina, Panamá y Brasil.

Acento ecológico

La empresa navega con bandera verde por este océano, ya que sus productos agrícolas son 100% amigables con el medio ambiente, biodegradables, inocuos y saludables. Al grado que cuenta con más de 10 registros orgánicos con certificación OMRI, y está en proceso de certificar más.

“Como nuestros productos cuentan con este registro internacional, el productor (nuestro cliente) puede vender en mercados orgánicos, pues éste certifica que no se han utilizado pesticidas o fertilizantes químicos a lo largo del proceso”, señala Pedro. “Al darles todos los tratamientos de sus plantas, pueden subirse a esta ola”.

Sus demás líneas también poseen esta característica ecofriendly. Sus jabones industriales y lubricantes son de base agua y no usan solventes. Estos se aplican, por ejemplo, en las tolvas que asfaltan calles en sustitución del altamente contaminante diésel. Asimismo, desarrollaron productos para desinfectar desde manos y frutas hasta herramientas de corte, zapatos, empaques y bandas de transportación.

No es sólo su oferta. Como empresa, Gruindag mantiene una filosofía de cuidado y respeto al medio ambiente. Sus seis plantas químicas de Cuautla, Mor. y su Centro de Innovación en Culiacán, Sin. (inaugurado en septiembre de 2015) usan lo menos posible productos que impacten negativamente al ambiente; reciclan el agua para no contaminar el suelo, reutilizan contenedores y PET, procuran la iluminación natural y no emiten gases a la atmósfera pues toda la maquinaria y equipo son eléctricos. Todas estas acciones, junto con sus programas de apoyo a la comunidad, les han valido obtener por tres años consecutivos el certificado Empresa Socialmente Responsable (ESR).

“Sabemos que para existir en el largo plazo tienes que ser ecológicamente orientado, respetar al medio ambiente e ir evolucionando hacia productos que no contaminen. Es un mercado en crecimiento, y queremos formar parte de él”, afirma Pedro, quien funge como presidente de la División Industrial de Gruindag.

Aunque de acuerdo con Armando, quien se encarga de la presidencia de la División Agrícola y Alimentaria, el esfuerzo no sucede de la noche a la mañana. “Tienes que adecuarte a los cambios y trabajar en ello diario, educando a los empleados, proveedores y clientes. Hay que hacer partícipe a la gente de esa filosofía desde la presidencia”.

Los retos para cumplir esta visión han sido la fuerte inversión económica y el doble esfuerzo de introducir nuevas ideas al mercado y convencer a los clientes para probar alternativas a las marcas de las grandes trasnacionales. Sin embargo, una vez superado este último reto, tienen una tasa de adopción de hasta el 95 por ciento.

Innovación como ADN

Otra de las características de Gruindag es su velocidad de respuesta. La empresa tarda en promedio tres meses en desarrollar un nuevo producto y tenerlo listo para su comercialización, mientras que las trasnacionales pueden demorar más de dos años en completar el proceso.

Un ejemplo: la problemática del pulgón amarillo, un insecto chupador que succiona el azúcar del sorgo. Los biotecnólogos de Investigación Farmacológica y Biofarmacéutica (IFAB) calcularon que tardarían tres años en encontrar una solución, pero Gruindag ya tiene un formulado con cuatro activos, efectivo y no tóxico, con el que se logra el 90% de control.

Así lo han comprobado en sus campos de experimentación, donde simulan contaminación de cultivos de granos y hortalizas para probar la efectividad de sus fórmulas. Y no sólo testean en tierra: “cada cm es susceptible de investigación y hacemos pruebas en laboratorios, invernaderos, jardines, pisos y maquinaria”, explica Armando.

Y es que como aseguran los socios, la innovación es su día a día. Por eso, sustituyen mínimo el 30% de sus productos con 24 meses en el mercado, pues ya no los consideran innovadores. Además, destinan cerca del 20% de sus ganancias en investigación y desarrollo, sobre todo, para la línea de agricultura. El resultado: 30% de sus ventas vienen de estos productos nuevos introducidos al mercado, y han generado cinco patentes.

Por otro lado, hacen investigación por compuertas, es decir, que toman las patentes de otros países y las combinan con otros activos para encontrar nuevas aplicaciones. Así surgió un ácido cítrico Gruindag que controla la vida bacteriana del camarón y aumenta su vida en anaquel, pero que en Estados Unidos (a donde pertenece la patente) sólo la utilizan para la carne.

Nada de esto sería posible sin el talento humano, aseguran los emprendedores. “El despunte vino cuando logramos tener a la gente indicada, ellos son la columna vertebral del negocio”, dice Armando.

Para hacerse de este recurso que a la fecha suma 180 personas, Gruindag mantiene convenios con instituciones de investigación y siete universidades mexicanas. Así, evitan que haya fuga de talento de estudiantes de licenciatura o maestría, pues les permiten dejar su huella científica e incubar sus investigaciones dentro de la empresa, e incluso, formar parte de sus filas como empleados de tiempo completo.

El objetivo: ser la mejor compañía en los sectores que atienden, con la mejor responsabilidad social, el mejor talento y los mejores productos. Pedro y Armando confían en que tienen las bases para lograrlo, siempre y cuando adapten su barco verde a la velocidad del cambio, y no se duerman en sus laureles en este océano azul, que aún tiene muchas áreas por explorar.

 

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Pedro Zarur y Armando Tortoledo

Contenido donado por Entrepreneur

Texto: Ilse Maubert.

Foto: Carlos Aranda

   

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